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Este año la FAO dio a conocer las cifras de hambre y obesidad mundiales: 811 millones de seres humanos y 665 millones, respectivamente. Aquí un rápido panorama de cómo se sucitan y actuán en nuestra cotidianidad.

 

El hambre un problema solucionable

Podríamos decir, que antes teníamos un gran problema –el hambre? ahora tenemos dos. La primera hambre histórica tiene que ver con la escasez de nutrientes y la humanidad la ha ido resolviendo con sus piernas, en una primera y muy prolongada era, de migraciones, y con su propia inventiva, poco a poco se le fue permitiendo reconocer alimentos saludables y facilitar su crecimiento; la agricultura y la cría de animales domésticos. La segunda variante del hambre, poco tiene que ver con la escasez y mucho con la rapacidad humana: el proceso mediante el cual un pueblo se apropia de excedentes de otro pueblo. Frances Moore Lappé, una investigadora norteamericana, ha registrado que los años de mayor hambruna en la India a lo largo del siglo XIX y primera mitad del XX, coinciden con los años de mejores cosechas. ¿Cómo es eso? Porque los años de cosechas excelentes eran los que aprovechaban los ingleses para cargar sus barcos y llevarse “a casa” tal producción. Entonces el hambre moderna tiene que ver mucho con la mala distribución de los bienes y la política, es un problema que puede ser solucionado, con la decisión política, económica y ecológica de nuestros países.

La obesidad, un problema de la industria alimentaria

Veamos lo que pasa con la obesidad. Lars Berg, un estudioso sueco nos habla que el pasaje del mundo de las migraciones a la sedentarización significó una primera revolución alimentaria. Lo que Berg caracteriza como primera revolución alimentaria es el pasaje de una dieta basada en la recolección de frutos, vegetales y animales, pesca y caza, a una alimentación más bien basada en cereales y lácteos (y carne, cada vez menos de caza y más de animales domésticos, domesticados). Con esta “segunda revolución alimentaria” empezamos a comprender más fácilmente el origen de la obesidad moderna. Pero ahora tenemos, como dijimos, dos problemas. ¿Por qué se nos suman, complicando un cuadro? Aquí entra en juego cada vez más clara y decisivamente la cuestión de la rentabilidad y la tecnología. Se trata de producir alimentos rentables, no (necesariamente) sanos. Incluso más, si la tecnología produce alimentos insanos, pero de mayor rendimiento, ¡adelante! El criterio declarado será la salud, pero el practicado será la rentabilidad.

La alimentación también nos agrede

Si los aditivos que prolongan la durabilidad de un alimento, son tóxicos, se usarán igual. Si los empaques que se usan para transportar alimentos para extender su alcance, son tóxicos, se usarán igual. Si los ingredientes que se agregan a un alimento para facilitar determinados procesos (de estiba, de conservación, de apariencia de frescura) son tóxicos, se usarán igual, si mejoran la rentabilidad. ¿Cómo es eso posible, admisible? Desde hace décadas lo conocemos: mediante la asignación de “límites de seguridad”. Si el veneno es chiquitito, se podrá usar, hasta determinado límite. Claro que nuestros cuerpos van a ir recibiendo pequeñísimas magnitudes de cada tóxico, pero una cantidad inimaginable de veces y tóxicos en todos y cada uno de nuestros alimentos.

Esa sinergia no se mide. Ahí está una al menos de las trampas que le permite a cada industrializador de alimentos mantener su conciencia tranquila y sobre todo, no sentirse un delincuente, que es la tipificación de cualquier ser humano dedicado a intoxicar a otros. ¿Qué está pasando en nuestras sociedades (un proceso que con diferente intensidad y tiempos distintos abarca a todo el planeta)? En primer lugar, un proceso que hemos llamado de campesinicidio. La eliminación progresiva de quienes están dedicados a la producción rural en unidades pequeñas. Y su sustitución por la agroindustria que en nuestros paises se atribuye a la calidad de “agricultura inteligente”, una forma elegante de decir que la cultura campesina no es de inteligentes. Aunque justamente la agricultura de los pequeños cultivadores y granjeros da lugar a la producción de alimentos con menos agregados químicos, y es la agroindustria ?que se considera “inteligente”? la que se ha “casado” con los desarrollos tecnológicos de mayor avanzada, válida de una enorme batería de productos químicos, que cada vez más, está imposibilitando una alimentación sana. Porque lo que se cree “parte de la solución” ha resultado también parte del problema. Porque se ha tratado de un desarrollo tecnológico movido por la rentabilidad y no, por ejemplo, por la salud planetaria.

Los males de la agroindustria

La expansión desenfrenada de la agroindustria, que nuestros políticos ven natural y positiva, es la que nos está dando alimentos cada vez más problemáticos, pero eso sí, con abundancia de grasas y azúcares. Lo que los dietólogos denominan “comida chatarra” y, podríamos agregar, el “mundillo de las golosinas”. El avance de comida con enorme peso de productos químicos, de cultivos transgénicos, de uso cada vez mayor de plaguicidas y fertilizantes, ha ido generando una cultura de la góndola, y quebrando la cultura de lo artesanal (maduraciones y desecados, por ejemplo, naturales, en lugar de procesos estimulados y ayudados con aditivos y “maravillas” tecnológicas).

Un ejemplo que nos ubica en el peligro

En muchas familias de origen rural es fácil ver: cuando muere quien hacía los dulces caseros, los embutidos caseros, los encurtidos, el secado de hongos, quienes han vivido en esa familia, si son jóvenes, suelen abandonar ese trajinar y pasan a comprar, a buscar en la góndola “lo mismo”. El detalle es que lo que ofrece la agroindustria y los grandes consorcios transnacionales dedicados a la alimentación, no es lo mismo. El abuelo hacía en casa pan fresco. Dos días después, hacía otra vez pan fresco. Grandes transnacionales te ofrecen “pan fresco” todos los días, elaborado hace semanas o meses… ¿cómo pan fresco? Porque no es pan fresco, pero parece. Está igualmente tierno, ¿entonces? ¿Magia? No, aditivos. ¿Saludables? No tanto, pero es legal, porque está por debajo de los límites de seguridad que las autoridades bromatológicas han establecido. Pero entonces, ¿es tan saludable?

Hay hábitos que deberíamos re-pensar, costumbres accesibles que podemos volver a implementar en búsqueda de una sana alimentación. Además del fortalecimiento que el pequeño campesinado merece porque aporta decididamente otro tipo de sanidad alimentaria.

Por Luis E. Sabini Fernández

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