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Nuevas formas de relación – El smart working y las clases a distancia han aumentado las oportunidades así como las desigualdades, pero han reducido la sociabilidad y la creatividad en el trabajo.


¿Qué hemos aprendido sobre el trabajo y la escuela en estos dos meses? Muchas cosas positivas, que están a la vista de todo el mundo. Descubrir que podemos hacer desde casa muchas de las cosas que antes hacíamos presencialmente, ha sido emocionante y alentador. El smart working ha aumentado nuestras oportunidades, ha enriquecido nuestra oferta laboral y ha reducido el tráfico y la contaminación, cosas que por supuesto no añoramos. Hemos hablado y colaborado con personas lejanas, a las que no habríamos conocido de no ser por estos nuevos instrumentos.

Sin embargo, se habla menos de las limitaciones y de los perjuicios que causan estas innovaciones. El primero de ellos tiene que ver con la relación entre la enseñanza a distancia y la desigualdad. Aquellos que, como yo, estén dando muchas clases online, incluso usando las plataformas más avanzadas, se habrán dado cuenta de que los alumnos más hábiles y motivados participan y aprenden, mientras que a los menos motivados les cuesta mucho, sobre todo si tienen algún problema anterior de aprendizaje. Es muy difícil saber desde casa qué sucede detrás de una pantalla con la cámara desactivada porque, según dicen, “no funciona”. Dentro del aula, un profesor atento mira, comprende, motiva, estimula. Hacer todo esto online, sobre todo con aulas numerosas, es muy, muy, difícil. Por no hablar de los niños y adolescentes hijos de los inmigrantes de primera generación, que, después de estos meses, corren un serio peligro de volver al conocimiento de la lengua que tenían en 2019. El virus dejará una escuela – no solo una economía – más desigual; y esta es una muy mala noticia, porque las desigualdades en la infancia y en la adolescencia se multiplican en la vida adulta.

Sobre los adolescentes en cuarentena habría mucho que decir. A todos nos ha sorprendido positivamente cómo han aguantado la clausura doméstica. Han sido más virtuosos de lo que casi todos esperábamos al principio, y tenemos que agradecérselo. Pero, si queremos ser honestos (y un poco políticamente incorrectos), sabemos que la medalla tiene otra cara menos luminosa. Los adolescentes han aguantado en casa porque buena parte de ellos ya estaban confinados en sus habitaciones mucho antes de la pandemia. Hace años que nuestros adolescentes (también los niños) han renunciado a muchas horas de aire libre y juegos comunitarios presenciales porque estaban demasiado seducidos y encantados con los smartphones y sus maravillosos pasatiempos solitarios. Ya estaban tan a gusto en sus habitaciones solitarias y por eso han sufrido menos la falta del juego con los amigos. Al salir del colegio ya jugaban muy poco juntos y ahora han seguido sin jugar. El “encuentro” se producía dentro de sus máquinas y así lo han seguido haciendo. Hace veinte años habrían sufrido mucho más por no salir de casa, porque lo atractivo estaba fuera y el sueño de los sueños era jugar con los amigos.

En el siglo XX generamos milagros económicos y civiles porque aprendimos a cooperar jugando juntos muchas horas todos los días, y después “seguimos jugando” juntos en el trabajo. La lucha diaria de los padres para intentar reducir el número de horas que pasan los hijos pegados al teléfono necesariamente se ha relajado mucho durante la pandemia. También por eso, el cierre de los colegios es grave, aunque sea necesario. Esta era la principal (a veces casi la única) actividad verdaderamente social y comunitaria de nuestros chavales; al cerrarla hemos perdido formación y aprendizaje, pero también habilidades relacionales y comunitarias. Cuando acabe la emergencia será aún más difícil sacarlos de sus habitaciones, como ya estamos viendo. La didáctica online, a pesar de los esfuerzos, está aumentando el confinamiento solitario de nuestros hijos.

Después está el smart working de los adultos. Tras el entusiasmo por los primeros webinars, en las últimas semanas estamos comprendiendo que estas plataformas de trabajo online funcionan bien para tareas individuales, funcionan más o menos bien para reuniones rutinarias, pero funcionan poco y mal para reuniones donde debemos encontrar soluciones nuevas para gestionar situaciones verdaderamente complejas y complicadas. En una palabra: funcionan poco y mal para activar las funciones más cualitativas de la inteligencia colectiva, que es indispensable para crear algo de valor juntos. La creatividad es el gran tema del trabajo online. Cuando la interacción se produce presencialmente, las expresiones de la cara, los matices, el tono de voz, el lenguaje facial y corporal y las palabras no dichas se convierten en inputs esenciales para que los demás miembros del equipo puedan relanzar, corregir, contradecir o desarrollar. A partir de ahí surgen las dinámicas maravillosas y raras de la acción generativa colectiva. Algunas dimensiones de la inteligencia colectiva se alimentan prevalentemente de cuerpo.

La corporeidad es el gran tema central de estos cambios. En el estancamiento forzoso hemos entendido que habíamos maltratado el cuerpo, que habíamos corrido demasiado, que habíamos respetado poco la necesaria alternancia entre la vida exterior y la vida doméstica. Al pasar mucho tiempo en casa nos hemos dado cuenta del poco tiempo que pasábamos antes. También hemos aprendido que la presencia del cuerpo es más compleja de lo que creíamos en 2019, y que en determinados encuentros podemos estar verdaderamente presentes aunque estemos físicamente distantes. Tal vez un día lleguemos a desarrollar máquinas tan complejas que nos permitan sentir, desde casa, casi como si estuviéramos presentes con el cuerpo. Pero también hemos aprendido que para determinadas interacciones creativas las palmadas en el hombro, el apretón de manos, la comida juntos o el abrazo son ingredientes insustituibles.

Lo hemos visto con las “misas online”, donde ninguna espléndida homilía ha podido sustituir la ausencia del “cuerpo” de la Eucaristía. Lo hemos visto, de otro modo pero análogamente, en las reuniones de las que, al faltar la res del cuerpo social, han salido decisiones desencarnadas, poco profundas, no suficientemente verdaderas. Nos hemos descubierto analfabetos en el arte de las relaciones online. Hemos necesitados milenios para dar vida a la gramática de las relaciones sociales y en dos meses nos hemos encontrado en un mundo distinto, sin ninguna preparación emocional, simbólica, relacional – ¿Cómo se evitan los conflictos en zoom? ¿Cómo se resuelven? ¿Cómo se comunican el alma y el espíritu? Hasta ahora hemos seguido el instinto, pero no siempre ha funcionado bien. No es difícil imaginar que, si después de la pandemia aumentan las reuniones en remoto (y aumentarán), nuestra capacidad creativa será la más penalizada.

Para terminar, en la vida social de las organizaciones, muchas cosas verdaderamente importantes ocurren como efecto colateral (by-product) de las reuniones oficiales. Todos tenemos experiencia de algunas ideas esenciales y decisiones geniales que han ocurrido durante los descansos, mientras tomábamos un café o volvíamos juntos de la oficina en el automóvil. Hay mucha vida de empresa que ocurre donde y cuando, según nuestra intencionalidad organizativa, no debería ocurrir. Toda esta “belleza colateral” no se ve por zoom. No lo olvidemos mientras mantenemos viva la memoria de cómo era el mundo antes del Covid.

Original italiano publicado en Avvenire el 15/05/2020.

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